Radar brand burglar alarm NO. 250

Primero un poco de historia

Aunque hoy pueda parecer insólito, y totalmente extraño, hubo tiempos oscuros, que los años se han ocupado de ir borrando de la memoria colectiva hasta conseguir que ni siquiera los que los vivieron, que ya van quedando menos, los recuerden si no es haciendo un profundo ejercicio recordatorio que, por intenso, prefieren omitir. No me refiero a cuando no había electricidad en las casas o de la era prenuclear, no. Me refiero a la séptima década de la pasada centuria, ahora tan de moda gracias al bombardeo constante en todos los medios exprimibles, donde se idealiza y manida hasta la saciedad las bondades de la época. Los hay que han hecho su agosto a base de fregarnos en los morros con todo aquello superfluo y cotidiano que vivimos, de pequeños, mi generación y, que ahora, pretenden que recordemos con esa lágrima de añoranza que se supone que nos provoca. Los 70 fueron mucho más que la E.G.B., el Scalextric o los donuts olvidados en casa. Los 70 fueron un punto de inflexión social y político que marcaron el futuro de nuestro país. También es verdad que, con la perspectiva que nos da el tiempo, ¡joder, vaya viaje! y, total…pues, ya saben aquello de que si hay que ir se va pero, ir «pa ná» es tontería. Pues, en el «pa ná» hemos acabado.

Pero, volvamos a lo que íbamos. Como decía, nos han llenado La Red de infinidad de cosas que, de pequeños, conocimos. Nos exhiben, cada vez que tienen ocasión, como si del dogma vegano se tratara, mayoritariamente juguetes y artefactos que todos conocíamos, ya fuera por tenerlos en casa o por conocer a quienes lo poseían. Y digo esto porque no todos tuvimos acceso al Scalextric y, en mi caso, al ínclito Walkman pero, conocíamos a otros niños que si podían disfrutar de ellos. No me quejo. Yo tuve, al menos, 2 Cinexin, varios Exin Castillos, el Mercedes «De la Rico» o el Pegaso «De la Rico». Otros no pudieron optar a nada de esto. Un dato curioso. El año en que los reyes me trajeron el Pegaso, mis padres se gastaron en los regalos de reyes (para 5 personas, dos niños, padre, madre y abuela) la friolera de 9000 pesetas (lo que vienen siendo 54 euros) y sé que tuvieron que hacer un gran esfuerzo para afrontar ese gasto, así como el de la alimentación navideña.

Esto que vamos a ver aquí es algo que no estaba en el top 100 de los artilugios de la época y, por lo tanto no creo que muchos lo reconozcan, no por costoso, que no lo sería tanto y casi me atrevería a decir que entraría a ser una «chinada» de las actuales pero, sí por lo desconocido. Pero, antes vamos a dar un par de pinceladas de como recuerdo yo aquellos años, sobretodo respecto a estas cosas.

En la década mencionada, en España, todo españolito podía disfrutar del entretenimiento que ofrecían los dos únicos canales de televisión pública. Y ya está. No existían las televisiones privadas. Estas no aparecerían hasta el año 1990. ¿Cómo ha cambiado el cuento, eh? Como decía, solo teníamos dos canales de televisión, el VHF y el UHF, siendo respectivamente «La Primera» y «La 2» actuales. El 90% del peso de la programación lo soportaba La 1 de Televisión Española, relegando a La 2 a temáticas más culturales, deportivas de segundo orden o sociales. Aún no existían sus famosos documentales, tan apreciados actualmente por los profesionales de la siesta. Y como ahora, La 2 era un canal algo minoritario, casi residual. ¿Se hacen una idea aproximada de la audiencia que tenían entonces los telediarios? ¿O los programas preferidos del país? Igual habría que recordárselo a Pablo Motos cuando presume de tener, algunos días, poco más de 5 millones de telespectadores en los minutos álgidos de «El hormiguero». ¿Se imaginan? Un canal, prácticamente único, para 35 millones de españoles.

Pues, bien. La televisión era la única ventana al exterior del país que teníamos los críos de entonces (y los no tan críos). La televisión y el cine era nuestra vida. De hecho, en la segunda mitad de la década, yo sabía de memoria toda la programación semanal para tener presentes los programas que me gustaban. Porque esta es otra. La programación era inamovible y en los casos en que esta se interrumpía de forma abrupta o se modificaba sin previo aviso, a nuestros mayores se les ponían por corbata y a la carrera, cogían la chaqueta y el monedero para asaltar los estantes de las legumbres del colmado de la señora Elvira, el más cercano de casa. Más o menos lo mismo que con el papel higiénico en 2020. Lo que quizás nos indique que no hemos cambiado tanto en 50 años. Antaño la prioridad radicaba en acopiarse para comer y ahora, nuestra máxima preocupación estriba en limpiarse bien lo comido a la salida. Está claro que en estos 50 años se nos han invertido las prioridades, o los papeles.

Así que, lo que no salía en la televisión, simplemente, no existía. Aunque lo tuvieras estorbando en el hocico.

Made in Hong Kong

Otro dato a tener en cuenta, no se lo van a creer, no existían los bazares chinos. Es más, los únicos chinos que se podían ver eran los de las películas de Bruce Lee, en el cine, o los de las películas del Oeste, en la televisión los sábados por la tarde, en «Sesion de tarde», o por la noche, en «Sábado noche», donde siempre salían traginando con los rieles del ferrocarril para arriba y para abajo. Pues, como decía, no teníamos «chinos», ni a sus antecesores, los «todo a 100». En la década de «Espacio 1999» y de «Mazinger Z», cada cosa había que comprarla en su sitio. La carne en la carnicería. El pescado en la pescadería. El tomate frito en el colmado de la señora Elvira. Y así sucesivamente.

Pero, no se crean que no existían las «chinadas». Si bien para la parte de la socidad pudiente llegaba de Japón lo último en electrónica de consumo a precios socialmente dedicados , los mindunguis nos teníamos que conformar con lo que los importadores, de dudosa solvencia, nos traían de Hong Kong (China, ¡qué casualidad!) a precios populares. Sony, Sanyo o Aiwa para los primeros y Unisseff, Sona, Gold Star (la actual LG) o Punto Azul para nosotros. Esto a lo que se refiere a trastos serios. Y, generalmente, el canal de distribución era a través de bazares regentados por compatriotas y dedicados exclusivamente a este tipo de aparatos. En Barcelona, era visita obligada a estos bazares de la Plaza Palacio, junto al puerto, las visperas de Reyes. Visitas que nos hacía salir la baba a borbotones al ver tanta cosa molona a los preadolescentes como a nuestros padres, sí masculino, aunque ellos ya habían desarrollado un sistema de disimulo que solo creciendo llegábamos a darnos cuenta del genio y figura disuelto en el pañuelo que siempre llevaban a mano.

La imaginación «Honkoniana» era casi infinita y nos hicieron llegar extraños y pintorescos artilugios pertenecientes a un sospechoso submundo de la importación china. No tanto como hoy, claro pero, ya asomaban maneras. Lo que vengo a presentar forma parte de este pequeño y oscuro Universo. Éste tenía dos canales de distribución. El «normal» y el…no sabría definirlo…el…bueno, es igual. El indefinido. Este era una página que se insertaba en las revistas por un importador, donde mediante pequeños anuncios nos ofrecían todo tipo de maravillas técnicas, médicas, naturales, biológicas…Por poner un par de ejemplos. Las gafas de rayos x o los increibles monos de agua. Estos últimos eran unos sobrecitos que, vertiendo su contenido en un acuario, podíamos ver como cobraban vida unos extraños animalejos y formaban su civilización. Las ilustraciones de los anuncios no tenían despedicio, tampoco los eslóganes. Todo se compraba por correo y a saber que diablos recibías a cambio. Yo estuve, durante años, imaginándome con las gafas de rayos x para verle las vergüenzas a mis profesoras. Sí. No he cambiado demasiado, lo admito. Yo diría que este canal de distribución de chinadas (realmente no se si venían de China todos los productos) lo podríamos comparar con nuestro «Aliexpress» actual, aunque sumamente rudimentario y potencialmente engañoso.

Con el paso del tiempo, los chinos descubrieron que saltándose al importador y al señor Manolo, el dueño del bazar, podían expandirse, como si del Big Bang se tratara, desde Hong Kong, en todas direcciones y, bueno…hasta aquí han llegado, que no es moco de pavo.

Mi querida señora Balbina

Y por último, tenemos el canal de distribución del representante. Y ahora hablaremos de la señora Balbina. Aunque, mi primer contacto con este trasto dista mucho de mi querida señora Balbina.

Como decía, cada cosa se vendía en su establecimiento específico. Pues bien, en mi barrio, La torrassa (L´Hospitalet de Llobregat, Barcelona) no era la excepción. Teníamos una miriada de tiendecitas familiares de donde nos surtíamos de lo que necesitábamos. Cada tienda tenía su nombre y apellido. Así, si nuestros padres nos mandaban al Abel, sabíamos que teníamos que ir al zapatero. La Tere, la señora elvira y el Sorribes, los colmados. Al Matas, la bodega. Así sucesivamente. Y, por fín, a la «Balbi», a la tienda de iluminación y electricidad de la señora Balbina.

¡Ostras, se me olvidaba! La «Sorda», nunca supe como diablos se llamaba esa señora. Era una tienda de cosas de plástico. Barreños, aceiteras, embudos, cubos…Tenía un olor característico. Por supuesto, lo de «La Sorda» solo podía mentarse fuera de la tienda y del alcance auditivo de la señora, lo cual, dado el mote, comprenderán que no fuera difícil mantener el secreto a voces. Pero, volvamos a «La Balbi».

«La Balbi» era una pequeña tienda de electricidad e iluminación, situada al principio de la calle Ronda de la Torrassa, casi haciendo esquina con Riera Blanca, donde nos surtíamos de bombillas, fluorescentes, pilas, cable, lámparas, linternas…Tenía un pequeño escaparate de cristal donde exponía los artículos más llamativos y de reciente llegada. Casi todo eran linternas de las más diversas formas y tamaños, muestrarios de bombillas, pilas…Yo me quedaba embobado mirando las linternas. siempre tuve fijación por ellas y «La Balbi» tenía un montón de ellas. Bien pues, las tiendas como la de la señora Balbina eran otro canal de distribución de las mencionadas «chinadas» pero, de «chinadas» específicas con el producto ofrecido por la tienda. Así, las linternas que venían de Hong Kong le eran ofrecidas a Balbi, para su venta, mediante la correspondiente visita del representante de turno cuya casa comercial había negociado con el importador que traía esos trastos de Asia. Y así es como el artilugio del que voy a hablar acababa en nuestras casas, comprado por nuestros padres que, cuando veían el trasto y Balbi les explicaba sus bondades, no podían entender como habían sobrevivido hasta entonces sin él. Como dato curioso, más o menos enfrente de la tienda de Balbi, vivía de jóven la que más tarde fuera la esposa del famoso payaso Charlie Rivel. Así que ya ven, también tuvimos personajes ilustres en el barrio.

Por cierto. He buscado la tienda de «La Balbi» en Google Maps y cual ha sido mi sorpresa cuando he visto que el letrero de hace 50 años sigue en su sitio. Muy deteriorado, si pero, es que es el mismo de cuando yo era un moco. Por supuesto he buscado otros establecimientos de la época pero, ninguno sigue funcionando, están todos cerrados y solo unos pocos conservan el rótulo de entonces. Pero, me he llevado una grata sorpresa cuando, subiendo la calle Ronda de la Torrassa, he visto el rótulo de la churrería de la señora Paquita (churrería Haro), y aunque el local esta cerrado desde hace años, está tal cual estaba cuando yo era niño. ¿Qué habrá sido de la Sra. Paquita y de «La Balbi»? Nada. Un pequeño ataque de nostalgia aguda. Ya estoy bien.

Pero, no fue en la tienda de Balbi donde tuve mi primer, y último contacto hasta hace unos días, con este curioso dispositivo. Aunque en otro artículo que estoy preparando sobre las linternas Tximist, volveremos a la tienda de la Señora Balbina.

Primer contacto

Mi padre era muy aficionado a la electrónica, de los que tenían el Curso Radio Maymó en casa. Entonces, hablamos de electrónia analógica «gruesa» y, mediante prueba (se encendía la bombilla) y error (electroución momentánea, sacudida de brazo y mercromina por el golpe) acabó aprendiendo la básico para poder arreglar, de forma completamente amater, pequeños electrodomésticos y lo chismes que se traía de «Els encants vells» de la Plaza de las Glorias de Barcelona. Alguna vez, en su botín, se hallaba alguna chorrada como la «chinada» que nos ocupa, la estudiaba, la arreglaba, si no funcionaba, y una vez resuelto el enigma desaparecía su interés, acabando siendo un nuevo juguete para mi. Muchos se echarán las manos a la cabeza pero, de bien niño tenía mi propio soldador para jugar a «desarticular bombas», desoldando los componentes electrónicos (resistencias, condensadores, transistores…) de las placas electrónicas que no sobrevivían a las pruebas de mi padre. O me pasaba la tarde jugando con el mercurio que extraía de los temporizadores de la luz de la escalera, cuando se cambiaba por haberse estropeado. Sí. Mercurio puro. Llegue a tener suficiente para rellenar un botecito de esos que venían con los carretes de fotos. Y sigo vivo con 54 años. ¿Acojona, eh? Ya saben…Otros tiempos.

Imagen extraida del Blog de Ricard Fernández Valentí llamado «Tranvía 48» sobre el transporte urbano en Barcelona

Bien pues, cierto día de 1977, mi padre apareció en casa con un artilugio que molaba mucho, su tamaño venía a ser el de un paquete de cigarrillos de color naranja. Tanto mi hermano pequeño como yo coincidimos en el color pero, según él era todo de plástico y yo lo recuerdo con ciertas parte de metal. Ninguno de los dos ha podido estar seguro de si llevaba, o no, linterna pero, yo me inclino a recordar que así era. En definitiva, el artilugio, alimentado con dos pilas AA, tenía un cordón conectado a una especie de jack de auriculares que según tirabas de él se abría el circuito y empezaba a sonar un muy molesto, estridente y agudo zumbido para llamar la atención de la gente en caso de ser agredido.

Pues, imaginen eso en manos de un crío de 8 años. Atando hilo de pesca al cordón y dejando sujetado el trasto en cualquier sitio, cuando alguien de la familia pasaba por ahí, sin darse cuenta de la trampa, se llevaba un susto de muerte. En una puerta, en unas escaleras, en uno de los cajones de la cocina o del comedor…Y tengan en cuenta de que ese ingenio del demonio no para de sonar hasta que se vuelve a conectar la dichosa clavija en el jack, lo que requería recuperar el cordón y llevarlo hasta donde estaba escondido el cachivache.

Ni que decir tiene que a los pocos días, al volver del colegio, ya no volví a encontrar mi juguetito. Y al preguntar en casa solo obtuve subidas de hombros y muecas de ignorancia sobre su paradero. Vamos, como cuando le quitas el chupete al crío. Pero, ya ven que la cosa caló lo suficiente como para que 46 años después todavía lo recuerde nitidamente. Y no solo esto. Durante todo este tiempo, ha venido a mi memoria de forma recurrente algunas veces, y no pocas. Como mínimo cada vez que he contratado una alarma para casa y me venía este aparato a la mente como posibilidad para hacer una alarma perimetral.

¡Lo encontré!

Hace unos días, buscando, en Wallapop, otros artículos que me marcaron de pequeño, las linternas Tximist, encontré, por casualidad un anuncio donde se vendía uno de esos aparatos, nuevo y en su caja original. Pero, es que además, la vendedora disponía de varias unidades, así que me ofrecí a comprar las 6 que tenía, a tres euros por unidad más los gastos de envío.

A los pocos días los recibí y ahora viene cuando lo muestro y comento su simple funcionamiento.

Aquí iba a poner otro título pero, es que no se me ocurre ninguno

El artículo se llama exactamente Radar brand burglar alarm NO. 250. No puede ser más descriptivo. Literalmente significa «Alarma anti robo marca Radar». El «NO. 250», imagino que, hace referencia al modelo. Yo preferiría escribirlo así «Nº 250» pero, he querido ceñirme a como está escrito en la caja y en el propio artículo.

Una de la cosas que más me gustan de los artículos de esta época y procedencia, son las ilustraciones, tanto de la caja que los contienen como de las instrucciones que encontramos dentro. No tienen desperdicio, resultando tan ilustrativas como descriptivas.

Veamos la caja por todos sus lados.

Posiblemente sea que ya estamos acostumbrados a ver fotografías bien definidas en las cajas de los artículos que compramos actualmente y todo este tipo de ilustraciones «dibujadas» nos transportan, directamente, a otras épocas pues, posiblemente entonces, la tecnología de incluir fotografías reales a los embalajes tuviera un coste que no podía ser justificado por el P.V.P. del artículo. Al igual que la calidad del material de la caja. A mi me gusta llamarlas cajas de tebeo, porque, generalmente, con las mínimas viñetas queda claro el aspecto y la funcionalidad del producto.

Aunque el término que define estos artículos tardó décadas en acuñarse, lo que tienen aquí es el auténtico origen del «Low Cost». Ya lo ven. No somos tan modernos como nos creemos. Nuestros padres y abuelos ya nos llevaban cierta ventaja. ¡Por no hablar de los chinos!

Abrámosla. A ver que sorpresas nos depara su contenido.

Dentro encontramos el aparatejo en cuestión, dentro de una bolsa de plastico transparente, un par de ganchos y un par de tornillos en otra bolsita, por si se quiere instalar el sistema de alarma perimetral de forma algo más sólida y las tremendas instrucciones.

El «low cost» que mencionaba exigía precios muy populares y esto se traducía en un muy bajo coste de fabricación, a todos los niveles. Así que cuando abrimos la caja y accdemos a las instruciones no esperen encontrar un librito en papel couché, lleno de fotografias descriptivas y con el texto en varios idiomas.

Aquí las tienen. Un folio, si llega, de calidad pareja al actual papel reciclado pero, sin serlo, mal cortado por la mitad, con las instrucciones imprescindibles, las ilustraciones acorde con la caja y con el texto, casi innecesario, en inglés. Y digo que es casi innecesario porque estos aparatos son tan simples que con solo verlos se deduce perfectamente como funciona y para que sirve cada cosa que en él nos encontramos. Y lo que no se deduce, mediante la empírica del prueba-error, lo descubrimos sin despeinarnos. De todos modos, como verán a continuación, la rotulación en el mismo aparato ya nos indica lo que hay que tener en cuenta para su funcionamiento y su uso.

Bien pues, aquí lo tienen. El tamaño viene a ser parejo al de una cajetilla de cigarrilos, ya que se suponía que el usuario debía llevarlo en un bolsillo. El diseño es simple a más no poder pero, lo importante no era su funcionalidad estética. Tenía que ser práctico y funcionar perfectamente para lo que estaba diseñado. Sin abalorios innecesarios.

Sí. Aluminio cepillado y plástico de la época. Los colores y el aspecto, también de los 70. La moda espacial. A mi me encanta. La mezcla del aséptico metal, con esos colores chillones y saturados del plástico me transportan a la niñez.

Como esa decoloración de los plásticos blancos que pasan a ser de un color crema o, como dicen algunos, blanco roto. Es algo tan de entonces que se ha convertido en algo que lo define.

Pocos mandos vamos a encontrar en el aparatejo. En el lateral derecho, según se mira de frente, encontramos el interruptor deslizante de la linterna. No he descubierto la finalidad de ese orificio rematado con el cilindro de metal. Tengo que estudiarlo.

Está está compuesta por una sencilla bombilla de gota de agua. Suficiente para no pisar al gato en ausencia total de luz.

Por la parte trasera podemos ver varias cosas, alguna bastante curiosa. Tenemos los orificios por si queremos dejar el dispositivo colgado en la pared mediante esos orificios, previamente habiendo atornillado esos dos tornillos que venían en la dotación que hemos visto antes.

Por supuesto, tenemos su procedencia. Se me hace extraño no encontrar la frase completa «Made in Hong Kong» pero, con el «Hong Kong», a mi, ya me vale.

Vamos a lo más curioso. Ese tornillo y la inscripción que ha inspirado. Ese tornillo sirve para variar la sonoridad de la alarma. Si lo dejamos apretado, no suena. Si lo vamos aflofando, el sonido de la alarma, se va volviendo más agudo. Lo que no cambia es la molestia que causa el puñetero zumbido (o como se quiera llamar a ese horrible ruido). Me imagino que millones de personas hacen como yo. ¿Para qué leer las instrucciones si puedo probar a ver que pasa y liarla parda? Pues eso. Seguro que el chino que lo diseñó pensó, no sin razón, «vamos a avisarles, que no hay ni un ojoplático que tenga dos dedos de frente». Si, reconózcanlo. Para ponerle las pilas al trasto le hubieran dado al tornillo lo suyo y lo de su prima. «Pa ná». Y al final, el tornillo al suelo, rodando hasta la rejilla del desagüe y a la mierda la burglar alarm.

¡Ay, amigo! Aquí tenemos la madre del cordero (¿de dónde vendrá esta expresión?). Esto que puede parecer un inofensivo cordél para llevar sujetado el dispositivo en la mano sin que se nos caiga al suelo, cual cámara instantánea, no es tal. Si tiramos de él se activa la puñetera alarma y no deja de sonar hasta que se agotan las pilas, y eso es mucho tiempo, o volvemos a insertar la clavija en ese jack del demonio.

Esto último es lo que inspiró en mí la idea de una alarma perimetral cuando tenía 7 u 8 años. Hilo de tanza en un paso que no se debe frecuentar y cuando algún incauto se dispone a traspasar lo que no debe. ¡Ñaca! Se lleva el susto de su vida, sin que tenga la más remota idea de lo que está pasando ni de como pararlo. Les puedo asegurar que la «jartá» de reír puede ser hasta perjudicial para la salud al verles la cara. Tengan en cuenta que en una situación así, el cerebro se bloquea de tal modo que nos convierte en un trozo de carne inerte. Y el que dice un paso, dice una puerta, un cajón, un armario…¿Entienden ahora por qué me lo quitaron a los pocos días de tenerlo? ¿Son capaces de entender el estrés que hubo durante esos dos dían en mi casa, cuando se pretendía entrar en algún sitio, abrir alguna cosa o levantar la tapa del inodoro? Sí. Lo han leído bien. Venga, no se engañen. Se están relamiendo mientras buscan uno en Wallapop. ¿Se lo imaginan? En casa de los suegros, en casa del «cuñao», en el cajon de los folios de la impresora, en el cajón de la cápsulas del café en la oficina…No se mueran sin probarlo, háganme caso. No se arrepentirán.

Y para que no haya dudas, por si miran por este lado antes que por la parte trasera donde estaba el tornillo, aplicando un poco de fuerza en sentido circular con una pequeña moneda, podemos acceder a su interior para verle las tripas (Sí, el chino también pensó en esto. Este tío tiene que conocerme) y ponerle las dos pilas AA que alimenta este complejo sistema de alarma perimetral con luz. Y quiero hacer hincapie con esto de la moneda. Es la única forma de que no estropeemos el plástico. Si lo hacen con un destornillador o un cuchillo, demostrarán que son muy tooooooontos estropeando, de forma gratuita, este bonito cachivache.

Bien pues, con una simple moneda de 5 céntimos o de peseta, para ser coherentes, procedemos a su obertura. A ver que hay dentro.

Pues, poca cosa nos encontramos dentro. El zumbador, la linterna, el contacto del iniciador de la alarma y la ubicación de las dos pilas AA.

Quizás en épocas anteriores las pilas AA eran algo más pequeñas porque, como puede verse en esta imagen, las actuales, una vez puestas llegan a deformar el continente de plástico. O, puede ser, que las tolerancias de fabricación de las dimensiones del aparato no sean extremadamente precisas. ¡Estos chinos! Mejor dicho. ¡Aquellos chinos!

Digno de mención, también es, la precisición, o falta de ella, de las perforaciones en la tapa, tanto las de finalidad de colgado del dispositivo como las que da acceso al tornillo de modificación de la sonoridad de la alarma.

Vean la simpleza técnica del interior.

Puede parecer que la linterna no es nada del otro mundo pero,…

…Les aseguro que cumple correctamente con su función. Viene a ser como esas Tximist o Cegasa pequeñas de bolsillo. Pero, claro está, algo más grandes. Es doble, más o menos.

El mecanismo de activación de la alarma es muy sencillo. El cordón acaba en una pequeña clavija metálica que, cuando está insertada en el jack, cierra el circuito de la alarma y cuando se tira de ella y el circuito se abre, esta empieza a sonar hasta que no se vuelve a insertar la cavija, o hasta que se agotan las pilas.

Así pues, es muy conveniente no perder el dichoso cordón o a la que demos alimentación al dispositivo no habrá quien lo silencie.

Pues, con este sencillo cacharrito me lo estuve pasando en grande durante dos días cuando tenía unos 8 años, por allá 1977. Duró poco la diversión pero, fue tan intensa que aún hoy lo recuerdo y se me escapa una risilla recordando la cara de mi abuela o de mis padres ante la sorpresiva activación de este horrible zumbador.

Atando un hilo de pesca al cordón y haciendo pasar a este por varias poleas para ajustar la dirección del «tirado de la anilla», las posibilidades son casi infinitas. Y podemos tener controlado el paso de algunas zonas «sensibles» a una, más que aceptable, distancia del punto de control con uno solo de estos dispositivos. Es verdad que actualmente los hacen mucho más sofisticados y con apagado temporizado o con mando a distancia pero, todos ellos salieron de este. Pero, ojo, tengan en cuenta que estos cacharros, con diseños mucho más actuales y tamaños más comedidos, se siguen vendiendo, miren en Amazon, por lo que tan descabellado no sería hace 50 años.

También me gustaría hacer cierta observación, que a muchos les resultará algo gratuita. Quizás en los 70, esto serviría para avisar a los demás de que se estaba sufriendo una agresión y el resto de personas acudieran en ayuda del agredido pero, me da a mi que hoy en día, este aparato, al accionarlo en caso de ser agredidos, solo serviría para avisar al resto de personas que estamos siendo víctimas de algún malhechor y que salgan huyendo cagando leches del entorno. Porque me da a mi que igual lo que se dice mucha ayuda, visto lo visto en las noticias, ante agresiones en los transportes públicos llenos de gente, no creo que se nos brindara. Antes sería disuasorio para el chungo y ahora sería disuasorio para que la gente de alrededor se pusiera a salvo. Con una sola baja es suficiente. Lo jodido es que esa baja seamos nosotros ¿no? A ver, entiéndanme, que no es desconfianza en los demás, que también…ya me entienden. Un saludo y muchas gracias.

Sergi
Author: Sergi

1 thought on “Radar brand burglar alarm NO. 250

  1. Hola:
    Pues vaya tratado te has marcado hablando del cacharrito en cuestión. Me esperaba un par de párrafos y las fotos, pero no, han repasado bien y con calma el chisme y su época, etc.
    Bien hecho, ha sido muy entretenido. Lástima que no vaya a ser leído por mucha más gente. En fin.
    Gracias.

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